Thursday, November 16, 2006

Imagen y semejanza

Mario Benedetti (La muerte y otras sorpresas, 1968)

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla. Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel, partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta, hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó. Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo, un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso. A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con parsimonia, como midiendo cada séxtuple paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla, significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras, esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde, hizo un leve avance erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel abismo de centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y concienzudamente aplastó carga y hormiga.

Mario Benedetti nasceu em Paso de los Toros (Departamento de Tacuarembó) Uruguai, em 14 de setembro de 1920. A família mudou-se para Montevidéu quando ele tinha 4 anos, cidade em que passou toda a sua vida, excluindo-se um longo exílio de 12 anos (vividos na Argentina, Peru, Cuba e Espanha).

on the bus

Olhar fixo, perdido
Longe, bem longe.
Em um paraíso
Há muito perdido?
Ou pensava no amor que não foi
Mas poderia ter sido?
O mais provável é que pensava em nada disso.

Cristiano Dourado, 24 é poeta de meia tigela, meia não, um quarto de tigela no máximo.

Ali, não é árabe é na rodoviária de brasília

Um poeminha antes do ônibus chegar

Parecia meio distante
Sem roupa ou quase
Outros... parecia não importar
Ou importava de outra maneira?
Era louca?
Ou percebia o mundo de modo diverso
As duas coisas?
Ou nenhuma?

Cristiano Dourado, 24 é poeta de meia tigela, meia não, um quarto de tigela no máximo.

drummond

Memória
Amar o perdido
deixa confundido
este coração.

Nada pode o olvido
contra o sem sentido
apelo do Não.

As coisas tangíveis
tornam-se insensíveis
à palma da mão

Mas as coisas findas
muito mais que lindas,
essas ficarão.

Tuesday, November 14, 2006

políticos, profissão e vocação

Por
Frei Betto

Max Weber, no texto “A política como profissão/vocação”, refere-se aos políticos que fazem do mandato popular mera profissão – e lucrativa –, como que instalados atrás de um balcão onde se negocia, além de bens materiais, vantagens simbólicas (cargos, influência, facilidades, prestígio, em suma, poder).

Abraçam a política por vocação aqueles que se sentem motivados por ideais e valores, devotados às aspirações de seus eleitores, comprometidos com projetos históricos. Desses, não raro alguns se deixam picar pela mosca azul e sacrificam o idealismo em nome do pragmatismo.

Os fracassos da esquerda no século XX amesquinharam-lhe a política. Projetos de nação minguaram para projetos de eleição. A esquerda perdeu boas oportunidades de criar um novo modelo político. Na Rússia revolucionária, aceitou por herança a estrutura autocrática do regime czarista. O Partido sucedeu a família imperial, com a diferença, meritória, de erradicar a miséria e cumprir a profecia de Tocqueville, proferida em 1833, de que a Rússia, em breve, dividiria com os EUA o título de potência mundial.

Nas democracias formais, a esquerda tem sido cooptada pelas forças adversárias. O cheiro do poder inebria-a. Difícil preservar um de seus maiores valores: a ética. Quando oposição, seus militantes não temem a repressão e muitos sofrem prisões, torturas e mutilações. Outros padecem o exílio ou a morte. Revestidos do mandato popular, os sobreviventes raramente conseguem evitar serem tragados pelo Leviatã a que se refere Hobbes.

O vigor revolucionário arrefece-se diante do imperativo de acordos e alianças, acertos e conchavos, como o balseiro que, em mar revolto, se deixa levar por ventos adversos. Aos poucos, o militante distancia-se de sua margem de origem e aproxima-se da oposta. Ele, que tanto sonhou com o poder popular, agora trata de ampliar e arar o próprio espaço de poder. O povo, o pobre, o oprimido lhe soam quais incômodas abstrações. Sente mesmo certo mal-estar quando alguém ousa refletir-lhe o rosto no espelho do passado. Como Fausto, vendeu a alma ao demônio. Apegado ao poder, suas ambições pessoais passam a ter mais relevância que o serviço a quem o revestiu de mandato. A vocação transmuta-se em profissão. O partido, em mera máquina eleitoreira. Fetichiza-se a política e corrompe-se a subjetividade do político. Fetichismo deriva de feitiço, ídolo feito por mãos humanas. É sinônimo de idolatria. Em política fetichismo é a absolutização da vontade do político.

Seu querer tem mais importância que o do povo. Opera-se uma inversão, como no “mistério fetichista do capital” (Marx), que oculta e distorce o real, invertendo-o.

Na política a inversão ocorre quando a vontade do governante e/ou do seu partido se torna paradigma, e não a dos governados. O poder fetichista, auto-referente, só se afirma se primeiro destruir o poder originário e normativo de toda política - o poder da comunidade, o que “emana do povo e em seu nome será exercido”. No caso, deveria ser exercido...

Nem todos os revolucionários e idealistas que provam do cálice do poder deixam-se embriagar. Há quem ouse reinventar a política: Spartacus, Joana D’Arc, George Washington, Hidalgo, Bolívar, Che, Fidel, Allende. Em defesa de seus princípios e ideais, não temeram o risco de morte. Jamais fizeram do poder um fim em si mesmo e, muito menos, meio de ampliação do patrimônio pessoal. Foram todos fiéis à aspiração de quem os apoiava.

Os políticos são todos funcionários públicos. Funcionário significa o que ocupa e cumpre uma função. É uma peça da engrenagem que, em princípio, deveria girar a favor do povo. E governo vem do verbo grego gobernao – pilotar a nau ou o barco. Governantes são pilotos eleitos pelos passageiros, que deveriam lhes indicar a rota e o destino.

O fetichismo do poder alcança seu paroxismo nos impérios. O azteca, o romano, o nazista e o estadunidense adotaram a águia como símbolo. Mais poderosa entre as aves, ela cai como um raio sobre a sua vítima e a aprisiona com suas garras mortíferas. No capitalismo fascista, que sucede ao liberal e ao neoliberal, a relação política do Estado com a nação cede lugar à relação policial: vigilância, desconfiança, suspeita, coação, censura, dominação, sujeição e destruição. É o que ocorre hoje nos EUA.

Todos esses desvios só podem ser corrigidos mediante uma profunda reforma política. E anterior a ela um debate se impõe: que concepção de democracia deve servir-lhe de paradigma? Como criar uma institucionalidade política capaz de impedir que se faça do mandato uma profissão em proveito próprio? Como a imunizar do fetichismo e da tendência ao fascismo?

O desafio consiste em evitar que o Estado de Direito coincida com o Estado da direita.

Frei Betto é escritor, autor, em parceria com Leonardo Boff, de "Mística e Espiritualidade" (Rocco), entre outros livros. texto disponível em http://www.correiocidadania.com.br

a mosca azul de machado

A mosca azul

Era uma mosca azul, asas de ouro e granada,
Filha da China ou do Indostão.
Que entre as folhas brotou de uma rosa encarnada.
Em certa noite de verão.

E zumbia, e voava, e voava, e zumbia,
Refulgindo ao clarão do sol
E da lua — melhor do que refulgiria
Um brilhante do Grão-Mogol.

Um poleá que a viu, espantado e tristonho,
Um poleá lhe perguntou:
— "Mosca, esse refulgir, que mais parece um sonho,
Dize, quem foi que te ensinou?"

Então ela, voando e revoando, disse:
— "Eu sou a vida, eu sou a flor
Das graças, o padrão da eterna meninice,
E mais a glória, e mais o amor".

E ele deixou-se estar a contemplá-la, mudo
E tranqüilo, como um faquir,
Como alguém que ficou deslembrado de tudo,
Sem comparar, nem refletir.

Entre as asas do inseto a voltear no espaço,
Uma coisa me pareceu
Que surdia, com todo o resplendor de um paço,
Eu vi um rosto que era o seu.

Era ele, era um rei, o rei de Cachemira,
Que tinha sobre o colo nu
Um imenso colar de opala, e uma safira
Tirada ao corpo de Vixnu.

Cem mulheres em flor, cem nairas superfinas,
Aos pés dele, no liso chão,
Espreguiçam sorrindo as suas graças finas,
E todo o amor que têm lhe dão.

Mudos, graves, de pé, cem etíopes feios,
Com grandes leques de avestruz,
Refrescam-lhes de manso os aromados seios.
Voluptuosamente nus.

Vinha a glória depois; — quatorze reis vencidos,
E enfim as páreas triunfais
De trezentas nações, e os parabéns unidos
Das coroas ocidentais.

Mas o melhor de tudo é que no rosto aberto
Das mulheres e dos varões,
Como em água que deixa o fundo descoberto,
Via limpos os corações.

Então ele, estendendo a mão calosa e tosca.
Afeita a só carpintejar,
Com um gesto pegou na fulgurante mosca,
Curioso de a examinar.

Quis vê-la, quis saber a causa do mistério.
E, fechando-a na mão, sorriu
De contente, ao pensar que ali tinha um império,
E para casa se partiu.

Alvoroçado chega, examina, e parece
Que se houve nessa ocupação
Miudamente, como um homem que quisesse
Dissecar a sua ilusão.

Dissecou-a, a tal ponto, e com tal arte, que ela,
Rota, baça, nojenta, vil
Sucumbiu; e com isto esvaiu-se-lhe aquela
Visão fantástica e sutil.

Hoje quando ele aí cai, de áloe e cardamomo
Na cabeça, com ar taful
Dizem que ensandeceu e que não sabe como
Perdeu a sua mosca azul.

Considerado por muitos o maior prosador em língua portuguesa, Machado Assis também se aventurou pelas terras da poesia. O escritor negro atingiu a perfeição da narrativa em obrsa como Dom Casmurro Memórias Pòstumas de Bras Cubas dentre outros. O poema a mosca Azul é de uma atualidade impressionante.